Hay una escena que se repite desde hace bastante tiempo, lo mismo en los santuarios de la costura parisién que en los madrileños talleres de Usera o los satélites industriales de Galicia y el norte de Portugal, aunque la historia apenas circule por los corrillos interesados. Habla de esos directores creativos, más o menos jóvenes, con una millonada de seguidores en redes y una, ejem, visión disruptiva, frente a la oficiala de mesa que lleva décadas domando el tejido. El genio del diseño gesticula, muestra una referencia en su portátil o dispositivo móvil y refiere “vibras” (literal) y “volúmenes conceptuales”. La oficiala, el jaboncillo de marcado en ristre, solo espera una indicación sobre el aplomo de la manga o la dirección del hilo. Pero no existe comunicación porque no utilizan un lenguaje común. Se ha dicho: esta es la era de los directores de imagen, que han terminado por desplazar a los que antes se conocían como diseñadores de oficio. Si los Seis de Amberes sabían patronar porque Mary Prijot (la directora del departamento de moda de la Real Academia de Bellas Artes de la ciudad belga cuando ellos estudiaban, más amiga de Chanel que del punk) no les dejaba mover un alfiler sin entender la caída de la tela, las hornadas actuales han crecido y desarrollado sus prácticas con la dictadura de la pantalla. El patronaje, esa “herramienta que da alas al diseñador”, según insiste el director de máster de la Central Saint Martins londinense, Fabio Piras, se ha convertido para muchos de los nombres que lideran el actual negocio del vestir en una suerte de obstáculo burocrático, una nota al pie en su estrategia de contenidos.
Fuente: elpais.com