Entre el “te quiero” y el “te quiero mucho” se podría construir una civilización entera. Añadir “mucho” al “te quiero” es, paradójicamente, restarle peso y acortar distancias. Por eso, los desconfiados, añaden siempre el “mucho” detrás, para no dejar de decir “te quiero”, sin decirlo del todo. Anne Carson explicaba en el ensayo sobre el amor y el deseo, Eros dulce y amargo (Lumen), que intentar darle un valor lingüístico al amor y ponerlo en palabras, no lograría nunca acabar con ese espacio que emerge entre un individuo y su ser amado. Por mucho que lo verbalicemos, gritemos o convirtamos en grafiti, nunca llegaremos a ser del todo el uno con el otro.
Fuente: elpais.com