La vida temporal del artista plástico Juan Mejía – Arte y Teatro – Cultura

La vida temporal del artista plástico Juan Mejía – Arte y Teatro – Cultura




Juan Mejía tiene el look de los profetas, la mirada perdida, jeans sucios y unas sandalias de cuero de centurión romano o de nazareno. La puesta en escena es impecable, apenas le falta el pelo un poco más largo, una camisa de flores, ponerle una margarita a un fusil o abrir los brazos y lanzar sus mensajes de amor y fraternidad. No solo cantarlos.

Juan –que entre otras cosas tiene nombre de discípulo de Jesucristo– está sentado en el tronco de un parque con su guitarra y canta Kumbaya, un clásico de los campings, una oración por el mundo. El video y su voz inundan la exposición ‘Temporal’ en la galería SN maCarena (calle 26B n.º 3-47), en Bogotá.

Juan Mejía es la clase de artista que emociona, saca sonrisas, desborda con su humor y, en el momento menos pensado, lanza un gancho al hígado. ‘Temporal’ nació en la cuarentena; la idea del camping, las carpas y las fogatas le venía taladrando la cabeza desde hacía un tiempo. Pensaba en sus días de campamento de niño y en el encuentro con la naturaleza. Y también en el encierro y en lo que pasaba afuera de su taller.

Tomó materiales de reciclaje que tenía entre los restos de su producción, y las carpas empezaron a aparecer.

(Lea además: El hombre que vendió una papa criolla en 130 millones de pesos).

La exposición es una potente reflexión sobre la temporalidad de la vida, los cambuches de las personas sin techo debajo de los puentes, los campamentos de refugiados, y la precariedad de un mundo desconectado de la naturaleza y desbordado de basura plástica.

Y más allá de todo, cada pieza tiene la delicadeza de la mano de un gran artista, la mirada y las líneas de precisas de un arquitecto y la inocencia y la felicidad de un niño que pinta su ‘casita’.

En una esquina de la galería hay un colchón tirado en el piso, rodeado de botellas de cerveza vacías que, sin duda, puede ser el interior de cualquiera de sus carpas. Hay una fogata de porcelana que puede ser el fuego del camping o el del hornillo de un cambuche. Y en otra esquina hay un montón de baldes llenos de agua. Fuego, agua y vida al aire libre.

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FERNANDO GÓMEZ ECHEVERRI
EDITOR DE CULTURA
@LaFeriaDelArte



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