la nueva vida del cine clásico

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Cuando a John Ford le preguntaron qué era el cine, dijo que ver andar a Henry Fonda. Para el resto, incluido Orson Welles, era verle respirar a él y a sus silencios, pocos más elocuentes que los suyos. Billy Wilder aprendió el toque Lubitsch y mejoró su capacidad para sortear las censuras a base de ingenio; Rita Hayworth redefinió las leyes del tiempo, congelado al verla desenfundar su guante negro. Bastaba un gesto, una mirada, un disparo. Un arte sutil y simple que, sin embargo, lo envolvía todo.

Hace décadas que los grandes del cine clásico desaparecieron, pero su legado, inmortal, pervive como una especie de hechizo que seduce a diferentes generaciones. Unos crecieron viendo a John Wayne conquistar esa tierra donde Dios puso el Oeste; otros, con la elegancia de Cary Grant y Audrey Hepburn jugando al gato y al ratón.

Algunos incluso no habían nacido, pero sucumbieron al poder de unas historias icónicas; de una magia que, aun desvelado su truco, sigue teniendo interés y vigencia.

Enrique Herreros, amigo de estrellas del Hollywood dorado y promotor de varios de sus icónicos estrenos, es capaz de recitar por orden las películas premiadas con un Oscar en la década de los cincuenta, pero el cine moderno no le «interesa», Meryl Streep le aburre y cree que los intérpretes, ahora, «no son estrellas sino gente normal disfrazada de actores».

«Cuando vi ‘Tiburón’, que la estrené en el Gran Vía y en el Lope de Vega, me di cuenta de que Spielberg y Lucas se habían cargado el cine con los efectos especiales. En Semana Santa vi ‘Los diez mandamientos’, de DeMille, del 56, y cuando veo ese derroche de gente pasando el Mar Rojo y ahora veo ‘Gladiator’, que todo está pintado… no puedo», confiesa el nonagenario escritor desde su trinchera madrileña, patrimonio inmaterial repleto de archivos y vivencias.

Como él, una comunidad cada vez mayor de amantes del cine renunciaron hace décadas a las películas que se estrenan cada viernes en las grandes salas y se abonan a los clásicos bajo la convicción de que cualquier tiempo pasado fue mejor o, al menos, más libre, más creativo, más refinado. Un universo en blanco y negro donde Johnny Farrell le podía dar una bofetada a Gilda sin que un cartelón informativo advirtiera de la agresividad de la escena. Un colectivo cautivado por el poder del boca oreja, que entró de lleno gracias al escaparate que fueron TVE y el videoclub, y que sigue su rastro a través de plataformas como Filmin o podcast como ‘Cowboys de Medianoche’. También en editoriales especializadas como Notorious, Hatari! o Sílex y programas como los ‘Días de cine clásico’ de La 2 o los ‘Classics’ que todos los viernes recupera en Trece José Luis Garci, desarmando, con tanto genio como verborrea, películas imperecederas con una legión de maestros y expertos.

Rita Hayworth en la película clásica 'Gilda', de 1946
Rita Hayworth en la película clásica ‘Gilda’, de 1946 – ABC

Las grandes historias no mueren y no las hay mejores que las del cine clásico. Por su complejidad argumental, artística y técnica, por la universalidad de sus temas, por el talento que atesoran y el magnetismo de sus estrellas. Es un producto perfecto. Y ahora, por primera vez, esos miles de clásicos están a golpe de clic. Nunca tan lejos, nunca tan cerca.

«Es el mejor de los cines posibles. ¿Quién ha superado a Ford? ¿Qué actriz es más guapa que Maureen O’Hara, Ava Gardner o Rita Hayworth?», resume Rosa Belmonte, columnista de ABC y uno de los fichajes de Garci para la noche de los viernes. «Son películas buenas y normalmente viejas. Mucho tiene que correr el cine contemporáneo para ponerse a su altura, pese a las ventajas técnicas», asegura la escritora murciana, poco interesada, «aunque lo vea», en los títulos a partir de los setenta.

«Es el mejor de los cines posibles. ¿Quién ha superado a Ford? ¿Qué actriz es más guapa que Maureen O’Hara, Ava Gardner o Rita Hayworth?»
Rosa Belmonte , Columnista de ABC y tertuliana de ‘Classics’, en Trece

Pérdida de la inocencia

Frente a la pirotecnia de los superhéroes, Rick esperando en la pista de avión de ‘Casablanca’ con el corazón roto y la calma de un desactivador de bombas. Como antídoto del exceso, El Duque saliendo de la taberna con un rifle Winchester al hombro. El blanco y negro y el tecnicolor como correctores de unos efectos digitales muchas veces irritantes, casi siempre artificiales. «El cine era un refugiode muchísima gente que no tenía otras cosas para soñar, para vivir, para disfrutar», asegura Eduardo Torres-Dulce, exfiscal general del Estado, autor de ‘El asesinato de Liberty Valance’ y miembro de honor de la cuadrilla de ‘Cowboys de Medianoche’, de EsRadio.

Para el experto, que no renuncia a su visita a las salas varias veces por semana, el cine ha perdido su noción de entretenimiento, que es para lo que fue concebido. «Se ha vuelto mucho más trascendente, más político, más social, para lo bueno y para lo malo. Ahora es mucho más complejo y el espectador ha ido perdiendo la ingenuidad, la inocencia para enfrentarse a lo que le cuentan en el cine; se cuestiona determinadas cosas porque entiende que son demasiado elementales. Luego ven cosas tan básicas como el cine de superhéroes, que a mi amigo Luis Alberto de Cuenca le encanta pero al que yo no le encuentro ningún sentido», afirma Torres-Dulce.

El catálogo de clásicos de la plataforma Filmin
El catálogo de clásicos de la plataforma Filmin – ABC

Quizás un espectador actual sea incapaz de creerse los rudimentarios elementos que en su día forjaron la épica de Charlton Heston como el Cid, pero nadie es inmune al desconsuelo final de Kirk Douglas en ‘El gran carnaval’, con una temática tan de actualidad que quizás debería hacer reflexionar a muchos medios. «Han sobrevivido al peso del tiempo, han superado el desgaste de la expectación y el desinterés de la distancia. Hay muchos clásicos que nos hablan de nuestro tiempo con más acierto y lucidez que muchas películas recientes», reflexiona Jaume Ripoll, cofundador y director editorial de Filmin, la plataforma española que lleva 15 años apostando por el cine clásico como un pilar de su catálogo, en el que destacan ‘La ventana indiscreta’, ‘El padrino’, ‘Taxi driver’, ‘Los 400 golpes’ o ‘Con faldas a lo loco’ como los títulos más vistos. Tanto Filmin como TCM eligen con cuidado sus productos para atraer a un nuevo público hacia ese exquisito inventario. «Que cada vez haya más plataformas o podcast ayuda a dar visibilidad y generar esa curiosidad en muchos jóvenes que antes no conocían esas películas», valora Marta Alonso, responsable de programación del canal temático en España.

El final de la pélicula icónica de la Nouvelle Vague y ópera prima de François Truffaut, 'Los 400 golpes'
El final de la pélicula icónica de la Nouvelle Vague y ópera prima de François Truffaut, ‘Los 400 golpes’ – ABC

Huérfanas de estrenos durante la pandemia, las reposiciones de clásicos cubrieron el vacío de novedades en las salas de cine y, para sorpresa de muchos, rindieron. Algunas películas incluso se colaron entre los diez o veinte títulos más vistos. Para Torres-Dulce, «dejando aparte la Filmoteca Nacional, que cumple su función», si abrieran en Madrid un cine que proyectara exclusivamente cintas clásicas tendrían tanto éxito como «las de La 2». Los datos lo confirman. Una de las últimas películas emitidas en ‘Días de cine clásico’, dirigido por Gerardo Sánchez, fue ‘Charada’, de Stanley Donen, que registró un 4,3 por ciento de cuota de pantalla hace dos lunes, superando en más de un punto la media de la cadena esa noche. El filme más visto del presente curso fue otro protagonizado por Audrey Hepburn, imán de audiencias y de hombres mayores, que en septiembre anotó un 5,4 de ‘share’, casi duplicando la media mensual de La 2 y con más espectadores, incluso, que alguna noche de TVE.

Cary Grant y Audrey Hepburn en el filme 'Charada', de Stanley Donen
Cary Grant y Audrey Hepburn en el filme ‘Charada’, de Stanley Donen – ABC

Una vida de repuesto

«El cine clásico no necesariamente está en un mausoleo ni está en una excavación arqueológica propia de Tutankamón o en un museo en el que se admira a cierta distancia, sino que está vivo», sentencia el exfiscal general del Estado, a quien le reconforta que el público intergeneracional que consume estos contenidos de culto no se deje adiestrar con respecto a modas y vanguardias y que escoja libremente.

Por muchas novedades que existan, no hay mayor reclamo que el pasado. No hay droga legal que mueva más dinero en el mundo que la nostalgia. Tampoco una que deje una huella tan profunda ni cree tanta adicción, aunque para algunos como Nacho Rozas, director del podcast ‘La Trinchera’, que las nuevas generaciones sucumban al encanto de estrellas que podrían sonarles, por época, a quiméricos dioses, es más un «auge de la impostura» que de verdera melancolía. «Los ‘clásicoadictos’ son aquellos que no dejan de ver el mundo como si de una película se tratase. Un poco bohemios y soñadores, como diría Julio [Iglesias]. Quizá unos románticos. La edad no importa, como en el amor», define el también joven columnista de cine en ‘La Iberia’. Lo que viene siendo la vida de repuesto que decía Garci.

Para algunos, como Nacho Rozas, director del podcast ‘La Trinchera’, que los jóvenes sucumban al encanto de lo clásico es más un «auge de la impostura», que una verdadera melancolía.

«Lo retro está de moda. Tras una época de adanismo y de iconoclastia, comienza a reconocerse de nuevo el valor del canon», asegura David Felipe Arranz, filólogo y profesor de la Universidad Carlos III de Madrid, que cita al poeta Samuel Taylor Coleridge para asegurar que «creemos en las historias del cine clásico porque queremos creer en ellas y porque decidimos suspender las leyes de lo racional, pero no las de lo verosímil, lo de aquello que pudo suceder». Sea como fuere, novedad o costumbre, como dice Torres-Dulce, «las vanguardias siempre son bienvenidas porque rompen moldes, traen frescura, pero el regreso o la compatibilidad con los clásicos sucede a lo largo del tiempo».

Los amantes del cine clásico, defensores de ese reducto romántico en el que Paul Newman aún era dueño de la mirada más azul del mundo y Elizabeth Taylor de la más violeta, tienen cada vez más peso, pero no dejan de ser un exclusivo nicho en un mundo de masas. «Una burbuja», matiza Belmonte. Se agarran a un cine que, al contrario que el actual, no se olvida con rapidez. «Las nuevas generaciones ‘conectan’ con el cine clásico si alguien les hace antes una recomendación o selección, aunque paradójicamente sea más fácil su acceso. Antes tenías que buscar una película con denuedo, era una aventura apasionante que te podía llevar años, ahora ya no», cuenta Arranz, colaborador del programa ‘Secuencias en 24’, galardonado recientemente por su difusión cinematográfica.

Otros, como Guillermo Balmori, historiador cinematográfico y fundador de Notorious Ediciones, consideran que, gracias a la escuela de TVE, «se creó una afición sin parangón en ningún otro país. España es el país con más afición al cine clásico de Hollywood», sentencia. Lo dice a conciencia, porque él asesoró a alguna ‘major’ en varias colecciones de cine clásico y gestionó ‘Los imprescindibles’, la filmoteca de El Corte Inglés.

El cine clásico sigue siendo una fábrica de sueños, casi tanto como de juguetes rotos. Una caja de recuerdos infinita que, aún hoy, tiene el poder de trascender la memoria y sumar adeptos. A pesar del tiempo y de lo efímero de las modas. Como esa escena de ‘El tercer hombre’ en el que los dedos de Carol Reed, simulando ser los del Harry Lime de Orson Welles, se afanan en agarrar la tapa de las cloacas de Viena. Por puro empeño, como su último bastión.

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