Del triunfalismo de Sánchez al catastrofismo de Casado

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Esta semana hemos escuchado a un presidente del Gobierno triunfalista exponer las bondades de la economía española y su «robusta recuperación», y a un líder de la oposición catastrofista desgranando los graves problemas a los que se enfrenta España con un país «prácticamente quebrado». Probablemente cada uno está en su papel de destacar lo que más le interesa, pero cuando los discursos se llevan a los extremos, aunque uno y otro lleven su parte de razón, corren el riesgo de resultar poco creíbles.

Pedro Sánchez dijo que España va mejor. Y claro que va mejor que el año pasado, cuando estábamos inmersos en una segunda, tercera, cuarta ola, con confinamientos, medidas restrictivas…, ¡solo faltaba! Pero se le olvidó decir que

 el PIB español todavía no ha recuperado todo lo perdido durante la pandemia. De hecho, un día después de estas sonoras palabras, llegaba el varapalo de las previsiones de la Comisión Europea. Las más bajas de todas las que se han presentado hasta ahora y lejos de los optimistas pronósticos del Ejecutivo. Y probablemente lo más grave es que retrasa hasta 2023 la vuelta al punto de partida previo a la crisis. Y no nos engañemos, la recuperación empezará a contar cuando recuperemos lo perdido.

También nos dijo el presidente que de esta crisis estamos saliendo con unas políticas que nada tienen que ver con las aplicadas por el Ejecutivo del PP en 2012 y 2013. Se lo olvidó decir que esta crisis nada tiene que ver con la de 2008. No ha sido una crisis por motivos económicos o financieros, sino una crisis sanitaria cuyas consecuencias para la economía han venido provocadas por los cierres y confinamientos decretados por los propios gobiernos, de modo que la salida, lógicamente tiene que ser mucho más rápida. Y además, el comportamiento de Bruselas y del BCE nada tiene que ver con el de la crisis financiera. La liquidez casi infinita proporcionada por el BCE y la supresión de las reglas de estabilidad, unida a los fondos mil millonarios, está permitiendo disparar el gasto público. Pero que no nos engañen, esta relajación de las exigencias de estabilidad en Europa tiene fecha de caducidad. No podemos seguir gastando como si no hubiera que pagar la cuenta.

El pasado miércoles tuvimos un pequeño recuerdo de que los ajustes habrá que hacerlos antes o después. Aunque el Gobierno no quiso darle ninguna publicidad, nos enteramos de que uno de los compromisos pactados con Bruselas es alargar el periodo de cómputo de las pensiones, que este año 2022 será ya de 25 años. La intención es elevarlo hasta 35 años. Se trata de una medida razonable que adecúa lo que se cobra como jubilado, a lo que se ha cotizado durante toda la vida laboral, pero supone, en la mayor parte de los casos, un recorte de la prestación que se va a recibir. Lo normal es que una persona tenga salarios más bajos y, por tanto, cotice menos al principio de su vida laboral que al final. Y de hecho, si Bruselas pide que se haga es porque supondrá un ahorro en el gasto en pensiones. Lo preocupante es que se nos intente engañar y se nos diga que no va a haber recortes, que los recortes solo los hacen los otros.

Y tampoco estuvo especialmente acertado Pablo Casado acentuando ese mensaje tan catastrofista. Es cierto que hay nubarrones en el horizonte, es cierto que la inflación y la crisis de desabastecimiento nos pueden pasar factura, es cierto que hay que ser más cuidadoso con los gastos y no dejar esa herencia envenenada a nuestros hijos. Pero España no está en quiebra, entre otras cosas porque ni el BCE ni Bruselas lo permitirían, y además tenemos una oportunidad única con los fondos europeos. No vale todo para debilitar al contrario.

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