Cuando te comparas con los demás a todas horas dejas de ser único

Cuando te comparas con los demás a todas horas dejas de ser único



La culpa es de tu tía. Sí, de verdad. «Ay que ver qué alto que está Carlitos -tu primo-». Bueno, a veces la culpa puede ser de tu padre. «Pues mira que buen trabajo tiene Alfonsito». A menudo la culpa es de ese profesor que tuviste en tercero de EGB -o primaria, como se llama ahora-. «Tendríais que correr todos como Antonia».

Que sí, que los adultos somos muy pesados y andamos comparando nuestros retoños con los retoños que tenemos cerca, sean familia o no. A pesar de que podría considerarse algo tan frecuente que acabamos dando por normal, lo cierto es que suele tener consecuencias muy negativas para nuestro equilibrio psicológico y nuestro bienestar emocional.

Nos comparamos continuamente con retales de realidad sacados de contexto y a menudo nos frustramos por el resultado de esa comparación cuando en realidad hemos realizado un análisis muy simplista y sesgado.

A veces, en nuestras comparaciones, hacemos trampa. Queremos salir beneficiados de esa comparación, de tal manera que somos capaces de engañarnos vilmente y sin disimulos. Por ejemplo, ¿que el trabajo del padre de Carlos es súper interesante, prestigioso y repleto de todo tipo de ventajas? Pues no nos comparamos con él en lo referente a cualquier aspecto relacionado con su profesión. Eso sí, como sea más bajito que nosotros, cada vez que le veamos con un coche nuevo o alardeando de su profesión pensaremos para nosotros mismos -o incluso podemos llegar a decirlo- algo así como «Sí, mucho coche, pero jamás podrá ser tan alto como yo».

Vaya santa tontería, como si el mérito de tu altura fuera tuyo…

Sí, nos comparamos continuamente pero solo para salir beneficiados de esa comparación. Si creemos que no vamos a salir beneficiados, rechazamos la comparación y preferimos elegir otra opción que sea mejor para nosotros.

También nos comparamos para justificarnos. «Yo trabajo poco, pero mira a Ramón, es que no pega palo al agua». «Hombre yo tomo mucho café, pero es que mira a Lucía, ¡ya lleva seis!». «Que sí, que me he engordado un poco. Bueno mucho. Pero imagínate que estuviera como Felipe».«Sí, yo grito, pero ¿y tú qué?»… Así, día a día, comparación a comparación, vamos forjando un universo de excusas y de distractores que nos sirven para justificar lo que a menudo es injustificable.

Pero vamos a lo que nos ocupa, si te comparas con otras personas no olvides que, por un lado, hay personas que lo hacen más que tú, pero también hay quien lo hace menos que tú… Tampoco olvides que hay personas que están peor que tú, claro que sí, pero que también las hay que están mejor que tú. Y finalmente ten en cuenta que algunas personas viven, aman, trabajan, corren o lo que sea mejor que tú pero que eso a lo que le estás dando tanta importancia, ni es bueno, ni es malo, es la vida, así, sin más.

¿Hace falta que nos andemos comparando siempre? Pues no. Compararse continuamente no tiene nada que ver con pensar bonito. ¿Por qué? Pues porque cuando nos comparamos estamos pensando de manera muy superficial y cuando pensamos de manera superficial nos solemos equivocar mucho.

Cada uno tiene su contexto, sus limitaciones y sus virtudes, sus recursos y sus cargas y eso hace que sea muy difícil que podamos compararnos en igualdad de condiciones. Esas comparaciones que hacemos continuamente son sesgadas ya que nos fijamos solo en uno o dos atributos, los más relevantes, los que nuestros fantasmas nos indican, los que nuestros deseos pretenden y al, sacarlos de contexto, les damos más -o menos- valor del que realmente tienen.

Así que si me aceptas un consejo. No te compares con nadie. Si me aceptas un segundo consejo. No andes comparando a tu hijo, sobrino, alumno, pupilo o jugador con nadie. Todos somos únicos e irrepetibles y todos necesitamos de alguien que crea en nosotros, así en bruto, sin compararnos con nadie.

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