
Lidia Sánchez, una inmigrante nicaragüense que llegó a California siendo niña, tenía dos asuntos pendientes durante una cálida mañana de octubre: acudir al médico para una cita de rutina y entregar personalmente su boleta en un buzón de la oficina electoral de Los Ángeles. Siempre había votado por correo, pero esta vez teme que su papeleta no llegue a su destino y su voto no cuente. Su opinión coincide con la de muchos demócratas que desconfían del Servicio Postal desde que el presidente Donald Trump intentó usarlo para restringir el sufragio.



Fuente: elpais.com