Hay un hombre que lleva años recorriendo cientos de kilómetros con su hermano para animar a su equipo cuando juega fuera de casa, que guarda recortes de periódico como si fuera un colegial y que prepara el bocadillo para su hijo, con calculada ternura, cuando le lleva a entrenar. Ese hombre, sin embargo, nunca les ha dicho “te quiero”. Tampoco lloró en el tanatorio donde descansaban los restos mortales de su madre, ni en la sala en la que firmó la sentencia de divorcio, ni en el comedor del restaurante en el que sus compañeros brindaron por su jubilación. La grada de un estadio de fútbol es, de hecho, el único lugar en el que ese hombre se permite llorar, emocionarse y fundirse en un abrazo íntimo con otro ser humano, aunque sea un desconocido.
Fuente: elpais.com