Nadie en su sano juicio puede legitimar las escenas de destrucción, el pillaje de pequeños comercios y el caos que se produjo este sábado en las calles de Francia al margen de la manifestación multitudinaria que reunió al movimiento estudiantil y a sus simpatizantes (profesores, padres de alumnos, abogados, entre otros), a los chalecos amarillos y a los sindicatos de trabajadores. Tampoco la violencia política ejercida por unos pocos contra las instituciones del Estado, como la que destruyó literalmente el Ayuntamiento de Limoges, la que ocupó la entrada del Ayuntamiento de Marsella o la que se quedó a unos metros de alcanzar el Palacio del Elíseo. La condena de estos hechos debe ser absoluta. Y habrá que analizar en profundidad la naturaleza de los grupos violentos que, manifestación tras manifestación, aprovechan las protestas para sembrar el desorden, logrando que reivindicaciones sociales legítimas queden invisibilizadas.
Fuente: elpais.com