Durante años, opositar fue sinónimo de vocación temprana, rutina de estudio casi monástica y una paciencia infinita. Hoy, cada vez más, es otra cosa, una decisión que, a veces, llega tarde, y que no siempre tiene que ver con cumplir un sueño, sino con algo mucho más prosaico: poder organizarse la vida. Saber cuándo se trabaja, cuándo se descansa y cuánto se cobra a final de mes. Nada épico, pero decisivo.
Fuente: elpais.com